Libre en un cuarto propio

 

Escribo este texto desde un cuarto propio que alquilé hace casi dos meses muy lejos de mi ciudad natal. En esa ciudad natal aún existe una casa propia (en realidad media casa propia) que he decidido cambiar por un espacio mucho más pequeño donde abunda la luz solar y no hay más que una cama individual, un closet y el escritorio desde donde redacto estas líneas.

La razón para hacerlo me atravesó como un rayo mientras hacía el Camino de Santiago. Llegué a España a unas vacaciones planificadas hace ya muchos meses, con un pasaje que “casualmente” compré el día que firmé mi divorcio. Durante todo el recorrido fui reflexionando sobre el peso de mi mochila. Y más o menos en la mitad me di cuenta de todo el exceso, real y simbólico, que estaba pesando sobre mis hombros.

Ya viviendo en esta habitación silenciosa (desde donde ahora mismo puedo ver la luna menguante en plena luz del día), me topé en una librería con Un cuarto propio de Virginia Woolf.  Ya mi inconsciente me había enviado un aviso a través del libro que escogí para leer en el vuelo Caracas – Madrid: La invención de la soledad de Paul Auster. Son unas memorias del autor, quien escribe y reflexiona sobre su vida desde una habitación. Y cuando encontré a la Woolf en el escaneo visual por los estantes, intuí que allí había un mensaje muy importante para mí.

Un cuarto propio nació de las conferencias que Virginia Woolf dictó hace 90 años en dos colegios universitarios para mujeres en la Universidad de Cambridge. Era Acuario, signo de lo revolucionario, lo diferente, lo innovador, de la gente que nace y rompe el molde. Su ascendente (el elemento de la carta astral que habla de la personalidad y lo que proyectas a los demás) estaba en Géminis, signo de la comunicación, las ideas, la mente. Y su Luna estaba en Aries: era una guerrera impulsada por su emoción hacia la independencia y autodefinición.

El postulado central del texto es muy sencillo: las mujeres tenemos que hacernos de un cuarto propio y 500 libras al año (seiscientos dólares y pico) para poder vivir de nuestro talento. Para poder tener la libertad de cerrar nuestra puerta y ser lo que nos dé la gana. Para escribir sin ser interrumpidas. Para pensar en la inmortalidad del cangrejo y mientras tanto profundizar en nuestra vida y en nuestra forma particular de aproximarnos a la creación, que dista mucho de las formas masculinas. Sencillamente porque somos diferentes a los hombres: en nuestra constitución anatómica, en nuestro pasado, en lo que nos toca descubrir y contar desde las libertades que hemos conquistado y las que aún nos faltan.

Tal como lo sospeché mientras leía, Virginia tenía cuatro planetas en Tauro, signo del dinero y el valor. Y además los tenía en la casa 12, que es el territorio del inconsciente colectivo. Su gran inteligencia y claridad intelectual buscaron transmitir a través de estas charlas la importancia de tener independencia económica para poder tomar decisiones prácticas y abrir espacio para hacernos un camino propio y verdaderamente auténtico, en el ámbito de la creación literaria (y yo agregaría: y en la vida misma).

Casi un siglo después descubrí que aunque tenía una casa propia y ganaba 500 libras al año, no estaba cerrando la puerta para sentarme a escribir o a pensar en la inmortalidad del cangrejo. Estaba sufriendo ataques de ansiedad, exigiéndome hacer check en todos los cuadritos de mi lista de mujer exitosa del siglo XXI: tener una profesión, un negocio propio, un buen marido, una casa y por supuesto, estar buena.

Ya no estoy subyugada por una cultura opresora que me impide ser lo que yo quiero (o al menos no abiertamente). En realidad he sido yo misma la que me he puesto la soga al cuello, la que fue voluntariamente a comprarse el vestido blanco y decidió honrar las lealtades familiares y culturales mientras cantaba “Arroz con leche” y perseguía logros profesionales con voracidad.  

Y no es que yo crea que me equivoqué, no me malinterpreten. Todo eso que construí por años, con mucho trabajo y esfuerzo fue precisamente lo que me trajo hasta este escritorio, en este cuarto silencioso. Si no hubiera invertido años en descubrir y cultivar mis talentos, si no hubiera apostado por mi pasión, si no me hubiera sentado innumerables horas en terapia para conocerme y profundizar en mis miedos y dolores, si no me hubiera construido una prisión, no hubiera podido tomar la decisión de salir de mi matrimonio, de mi casa, de descansar de mi ciudad y de meterme en un cuarto propio, lejos de todo lo conocido, para sentarme a escribir, hacer cartas astrales, pensar, trabajar, sanar. Y dormir mucho.

Ya no tengo excusas para evadir la responsabilidad de mi libertad: todas las mujeres de mi linaje se jodieron para que yo pudiera estar aquí: con la pijama puesta y la melena desordenada, viviendo de hacer lo que amo.

 

“Por eso les pido que escriban todo tipo de libros, sin vacilar ante ningún tema, por más trivial o vasto que sea. Por el medio que sea, espero que se hagan de dinero suficiente para viajar y para estar ociosas, para contemplar el futuro del mundo o su pasado, para soñar con libros y holgazanear por las esquinas de las calles dejando que el hilo del pensamiento cale hondamente en la corriente”, nos aconsejaba hace 90 años Virginia Woolf y yo hoy digo “amén”.

Doy un paso fuera de la matrix para cuestionar las ansiedades modernas, para convertir el reloj biológico en un mito, para ir más lento y poder vivir con las señales. Sin prisa ni ansiedad por el futuro. En la sencillez de una habitación propia que parece una cajita de sol, en la responsabilidad de cuidarme a mí misma, y en la libertad de reinventar mi concepto de éxito para escribir sin apego al resultado, mirar almas en mapas astrales y de vez en cuando tomarme un vino y comprarme un libro. Lo demás, es ganancia.